
¡La vida, cofradía de sonrisas!
¡La muerte, constelación de lágrimas!
Ante éste mar de incertidumbre, escapamos lejos de este maremágnum, en aras de crear ese algo, ese pedazo de cielo, donde tú y yo, decantar al divino hacedor y al firmamento en su completitud, por la gratificación recibida, y al unísono, construir, el tálamo que vivifique este amor que llevamos dentro, cual cántaro bendito, cual gota de vida.
Calcé mis sandalias doradas, la túnica blanca adherida a mi cintura y el sujetador de blancas estrellas. Alcé mi cabello en broche translúcido y ceñí sobre mi frente, diadema de hermosos luceros.
Antes de partir, Micifuz, mi hermoso gato blanco y la Mirla de mi jardín encantado, contemplamos, en un instante, en un piélago de vida, los sonidos de la noche silente.
Se oye el lánguido aullido de un perro a lo lejos, el aire inquieto se pavonea, el maleante vigila y las almas buenas reposan en su agonía. Se escucha el lamento de seres atormentados, y cae a la tierra en su infertilidad, una lágrima. Y a su vez, vuela al firmamento una plegaria.
Ascendimos por la escalera misteriosa, cuya iridiscencia y luminosidad, la prodigan inquietas libélulas, llegando al fin, a la cima de la bella flor de jade.
Allí, en posición de loto, y luego de un retazo de letargo, construimos, la vid de nuestros encantos.
He visto tu nombre
En delineados trazos
He mirado tu rostro
Y palpado tu sonrisa
He bebido de tu noche
Manantial de vida
He tocado tus labios
¡Sed del alma mía!
¡Ángulo de mi sonrisa
Pupila de mis sueños!
Ven a mis brazos
Aliviana mi agonía
* Imagen tomada de la página de Piruja.
Luz Marina Méndez Carrillo/29082019/Derechos de autor reservados.
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